Dos nuevas formaciones en Madrid con iiR España

Este mes de febrero imparto dos cursos en colaboración con iiR España.

– 25 y 26 de febrero de 2014: Nuevas Técnicas de Productividad y Autogestión Ejecutiva (15 h), en colaboración con ICADE Business School de la Universidad Pontificia Comillas.

Durante dos jornadas, trabajaremos la Productividad Personal desde una perspectiva integral, teniendo como estrategia central GTD pero apoyándonos en otras técnicas como Autofocus, Unscheduling, 5S, etc y software como Evernote o Hightrack.

Además, abordaremos la problemática de la procrastinación (“dejar las cosas para después”) y cómo mejorar nuestra autogestión emocional para hacerle frente. Y, como la organización personal también consiste en saber decir “no” y coordinarnos de forma correcta con otras personas, perfeccionaremos nuestras habilidades de comunicación.

– 27 de febrero de 2014: Storytelling con Prezi.
Un seminario práctico de 8 horas para aprender a manejar Prezi desde cero y aprovechar al máximo sus posibilidades narrativas.

2013… ¿Annus horribilis?

Se termina un año y, junto a los buenos propósitos para el nuevo, se acumulan los mensajes de despedida para el 2013. A juzgar por los comentarios de mis amigas y amigos en las redes y la vida real, este ha sido un mal año para casi todo el mundo.

¿A quién puede extrañarle? La situación económica está presionando psicológica y físicamente a quienes tienen trabajo y a quienes no, a veces hasta extremos demenciales. En este año hay quien ha perdido su trabajo, quien ha visto de cerca las consecuencias que los recortes sociales están teniendo sobre su salud y la de sus familiares, quien tiene problemas para pagar la factura de la luz, quien ha sufrido amenazas en su puesto laboral sazonadas con el conocido “ya sabes que hace mucho frío fuera” y que solo pueden calificarse de mobbing, quien brega como puede para sacar su negocio adelante…

Todo eso repercute en la vida de pareja, la familia, el entorno. Todo es más gris, más frío, más triste. Concedido.

Lo sorprendente es que, si bien es cierto que hay casos personales que son de novela dickensiana, hay otros en los que no parece tan clara la relación entre la realidad y el horrible balance del año. ¿Tantos casos hay en los que solo han sucedido desgracias? ¿Nada del año pasado que merezca la pena haber vivido?

Aunque la respuesta sea “sí”, puede seguir pesando más lo malo que lo bueno. Y eso no significa que uno sea un pesimista fuera de lo común; más bien tiene que ver con que pertenecemos a una especie que es pesimista por naturaleza.

Y esto es así: en los seres humanos, los sucesos desagradables adquieren más peso en la memoria que los agradables de igual intensidad. Eso tal vez sea una desgracia para nuestra felicidad (que se apoya en buena medida en la percepción de nuestra propia existencia pasada y presente) pero es una gran ventaja adaptativa para nuestra supervivencia.

Durante muchos milenios la economía de subsistencia ha sido la única real para la mayor parte de las personas (aún hoy lo es, pero no es probable que siga siendo así para quienes leéis esto). Imaginad, por ejemplo, a una familia de granjeros que, tras diez meses de abundancia, pasa dos de terrible escasez, sin la seguridad de poder superar el invierno por haber calculado mal las reservas de comida que necesitaban o no haber prestado atención al ganado que debía ayudarles a sobrevivir en la época más dura.

Lo más probable es que pesen mucho menos la despreocupación y bienestar de los primeros 300 días que la incertidumbre y el sufrimiento de los 65 restantes. Ese año será catalogado en su memoria como “el de la hambruna”. No es un cálculo racional ni lógico en términos de tiempo de felicidad/tiempo de zozobra, pero rememorar el miedo y el dolor les ayudará a espabilar en la estación siguiente. Tal vez la preocupación de la escasez que está por venir les fastidie la alegría de la siguiente cosecha, pero sobrevivirán mejor que otras familias que no hayan recibido en su recuerdo un impacto emocional tan negativo ante la misma situación. El miedo y la ansiedad nos ayudan a preservar en la memoria el recuerdo de las ocasiones en que hemos experimentado sensación de peligro, ya sea físico o psicológico, real o imaginario. Y, por tanto, a prevenirlo y evitarlo.

La supervivencia premia a quienes se angustian y se preocupan, incluso por riesgos inexistentes. Tengo más probabilidades de seguir viva mañana si me preocupo por 5 auténticas amenazas y 10 riesgos fantasmas que si me preocupo solo de 2 peligros, por muy reales que sean. (Siempre que no supere un límite en mi ansiedad y mi pesimismo que puedan hacerme caer en la depresión, claro está.)

Una expresión de esta tendencia al pesimismo en el ser humano es la Teoría de las Perspectivas, que se puede resumir burdamente así: “te fastidia mucho más perder 100 euros de lo que te alegras si encuentras 100 euros”. Tenemos una enorme aversión a las pérdidas, lo que explica muchos fenómenos psicológicos

En resumen, estamos diseñados para la supervivencia, no para la felicidad. La felicidad no es un estado natural, hay que trabajarlo. Lo mejor de ser animales conscientes y con capacidad de raciocinio es que podemos hacerlo, sin comprometer nuestras posibilidades de supervivencia. 

¿Cómo?

En primer lugar, recordando que las desgracias existen. Vaya que si existen, y a veces tienen que ver con tu conducta y otras veces no. Si te ha ocurrido algo malo, no va a serte compensado por el universo en forma de un suceso positivo a la vuelta de la esquina. Al universo le importamos un rábano.

El karma tampoco existe, lamentablemente. Ser buenas personas no nos protege en sí de contraer cáncer o perder a nuestra pareja. Cuidar nuestra salud, ser amable y respetuoso con otras personas, querernos mucho, eso disminuye las probabilidades de tener desgracias importantes, pero tampoco nos blinda. Ser prudentes, valorar los riesgos, crear redes de apoyo mutuo, fortalecer nuestros puntos débiles y tener un plan B por si las cosas se tuercen, eso es lo que nos va a ayudar a superar los baches. No un hada madrina con una varita mágica y un “disculpe las molestias, acepte este cheque de buena fortuna“.

Pero, en segundo lugar, debemos recordar que nuestro instinto nos va a hacer centrarnos en exceso en lo peor,en lo que ha ido mal y nos ha asustado. Y no tenemos por qué obedecerlo. Podemos tener una visión más objetiva, recordar todo lo que podría haber salido mal en 2013 y sin embargo salió bien. Todas las enfermedades que no tuvimos. Todas las que tuvimos y sin embargo hemos podido tratar. Todas las discusiones y conflictos que no han llegado a tener lugar porque fuimos hábiles, todos aquellos que manejamos con torpeza, y que sin embargo se solucionaron bien.

Como humanos típicos, detestamos las medias tintas. Nos desagrada la tensión de pensar a la vez que hay cosas que merecen nuestra indignación, nuestra acción para cambiarlas, nuestro desagrado, y a la vez sentirnos personas afortunadas por lo bueno que hemos recibido. 

Pero aguantar esa tensión es necesario para sobrevivir, para tener una vida mejor, sin dejar de sentirnos sentirnos personas satisfechas y alegres con lo que conseguimos de la vida cada año.

Sí, también en 2013.

Las dos caras del storytelling

Aparte de algunas interesantes publicaciones divulgativas acerca del efecto que escuchar una historia tiene sobre nuestros cerebros, encuentro que los libros y referencias más populares en Internet sobre storytelling se alinean con una de estas dos corrientes:

  1. “El storytelling es la nueva y definitiva herramienta para cautivar y seducir a la audiencia, motivarla para la acción y animarla a que adquiera un producto, vote a un candidato o cambie su ideología. Es la estrategia que te permitirá conectar emocionalmente con tu público y hará que tu mensaje destaque en el oleaje de ruido irrelevante en el que nos vemos sumidos en el siglo XXI.”
  2. “El storytelling es el nuevo instrumento de manipulación elegido por políticos y vendedores para comernos el coco y conseguir que adoptemos de forma emocional e impulsiva un determinado curso de acción, muchas veces a pesar de toda la información objetiva que racionalmente debería llevarnos a elegir, precisamente, la opción contraria.”

Homer Simpson, ángel y demonio en cada hombroEn lo que suelen coincidir ambas perspectivas es en que, tras aceptar la avidez milenaria del ser humano por las historias, consideran la seducción de las masas mediante el storytelling como una novedad surgida en los años ochenta. A partir de ahí, divergen y se dirigen, respectivamente, a describir paisajes de ensueño o catástrofe.

¿Novedad? ¿Cómo que NOVEDAD? ¿Dónde han estado metidos los expertos en el tema durante los últimos 4000 años?

Existen incontables ejemplos que la historia nos proporciona en los que el storytelling ha sido el recurso favorito para movilizar a las masas en una dirección concreta. Las religiones de todo el mundo han impuesto sus códigos morales basándose en historias antes que en reflexiones racionales. Los discursos patrióticos que idealizan la trayectoria de una nación y a su vez denigran la del enemigo han sido parte imprescindible de todo conflicto bélico, aunque ahora seamos más modelnos y lo llamemos “desinformación”. A un nivel más doméstico, los relatos colectivos que describen los estereotipos de género aceptables y de los que niñas y niños absorben las pautas clave en su proceso de socialización han sido esenciales, por ejemplo, para conseguir que en ciertas culturas (ejem) las mujeres se quedaran en casa cuidando de la prole mientras los varones salían a la calle a ganar el dinero que les proporcionara un status superior al de sus esposas (o a que los hicieran picadillo en batalla, según las circunstancias).

Lo que ha cambiado, probablemente, es la escala y la velocidad con la que un relato se difunde tras su creación (modernos medios de comunicación, globalización, blablabla…).Además, la atención que se le presta actualmente al storytelling es mayor que en el pasado. Dado que su origen reside en el carácter popular, oral e informal de los relatos folklóricos, tradicionalmente no se le ha dado mucha importancia a su estudio en los entornos donde se partía el bacalao. Ahora, sin embargo, las empresas y la política son más conscientes de la importancia de manejar el storytelling de forma técnicamente precisa, y demandan teorías y recursos que les permitan un uso certero que llegue más lejos que la habitual anécdota inspirada del momento.

Esto es como para preocuparse, claro. Ojalá todas nuestras experiencias con la política y el marketing estuvieran marcadas por la transparencia y por su honesto deseo de proporcionarnos argumentos racionales para que tomemos nuestras decisiones de forma meditada y consciente, pero no es así. En más ocasiones de las que nos gusta reconocer, somos seducidos por proclamas y eslóganes que apelan a nuestras emociones y nos seducen para que compremos, votemos o creamos algo que no es, en realidad, satisfactorio. Pensar que esos mismos vendedores de aceite ungüento de serpiente (gracias a Marco Antonio por la corrección, efectivamente esta traducción parece más apropiada) disponen ahora de una versión más refinada e impactante de la misma charlatanería produce escalofríos (y si no los tienes aún, no hay como leer Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes de Christian Salmon para que empiecen los temblores).

Por otra parte, son incontables los usos benéficos que tiene la aplicación del storytelling en la comunicación actual. En un entorno donde los datos nos saturan, los relatos nos ayudan a hacer inteligible una realidad a menudo confusa, a comprometernos con las circunstancias de otros seres humanos por lejos que estén, a aprender nuevas técnicas y habilidades de forma sencilla y funcional…

Qué complicado ¿verdad? Tal vez quienes leéis ahora esto esperabais que una storyteller profesional se alineara con quienes predican las virtudes del relato, ignorando los riesgos del mal uso. O puede que, incluso, experimentarais cierto alivio si os encontrarais ante una arrepentida que denuncia “la perversión generalizada del storytelling, que solo sirve a causas y propósitos infames” (como el mencionado Salmon).  

Ya he hablado antes de lo mucho que nos molesta la incertidumbre a los seres humanos, y como preferimos las confortables descripciones maniqueas. Pero aquí no cabe tal cosa, porque el storytelling, como los aviones, la imprenta o la terapia génica, solo es un instrumento sin calidad moral en sí mismo, y puede ser bien o mal utilizado. Tan absurdo es, por tanto, demonizar el storytelling como elevarlo a los altares de la comunicación.

Lo que sí es necesario es explicitar y desarrollar una ética del storytelling, un código de buenas prácticas que nos permita discernir, más allá de nuestros intereses personales del momento, si se obra correcta o incorrectamente al utilizarlo.

Y, sobre todo, es importante difundir entre el público general en qué consiste, cuáles son sus recursos, los procesos psicológicos en los que se basa, sus maravillas y sus posibles perversiones. Igual que la alfabetización guarda al iletrado de los abusos de los poderosos, entender el storytelling nos protege de que nos tomen el pelo con una historia.

Web Seminar gratuito: Tres claves para mejorar tu productividad

Este jueves 17 de enero, a las 16:30 (hora de Madrid), impartiré un pequeño web seminar de introducción a las técnicas de productividad a través de la plataforma de iiR España, con quienes siempre es un placer trabajar.

El formato es el siguiente: 30 minutos en los que yo revelo mi rollo y 30 minutos en los que preguntáis lo que os apetezca sobre el tema.

La participación es gratuita, y los contenidos tratarán sobre los tres ejes básicos que se necesitan para ser una persona productiva: un buen sistema de gestión de tareas (haremos una breve presentación de GTD para quienes no lo conozcáis), un buen sistema de archivo y recuperación de información (nos centraremos en la utilidad de Evernote para capturar enlaces y webs) y la capacidad de no caer en la procrastinación (aprenderemos qué es y un par de estrategias para evitarla).

Aquí te dejo el enlace al programa: Webinar -Tres claves productividad- iiR.

Nueva página sobre coaching

Ando metida en el azaroso proceso de montar una nueva web, que siempre es una aventura.

La web incorporará mis dos blogs y también las secciones donde ofrezco y explico mis servicios profesionales. Estoy redactando los textos, y pienso que es buena idea irlos compartiendo por aquí, empezando por los dedicados a explicar qué es un proceso de coaching y de qué puede servirte.

Si quieres echarle un vistazo, lo tienes en la nueva página sobre Coaching.

Como es un tipo de servicio sobre el que hay poca información y mucha desinformación (se puede encontrar de todo bajo la denominación de coaching, sin serlo realmente) estoy redactando una amplia sección de FAQ (Preguntas frecuentes). Me ayudarás mucho si dejas tus sugerencias y dudas en la sección de comentarios.

Historias para los más pequeños

Como son ya varios los padres y madres que comparten conmigo sus dudas acerca de cuáles son los cuentos más adecuados para cada edad, cómo elegirlos y cómo contarlos, aprovecho la ocasión y me explayo un poco sobre el tema con unas cuantas recomendaciones.

  • Honra la importancia de los cuentos

Los cuentos no solo son necesarios, sino que resultan imprescindibles. Todas las personas nos relacionamos con el mundo en buena medida a través del relato, que nos ayuda a darle sentido a lo que sucede a nuestro alrededor y que nos proporciona modelos, estrategias e ideas nuevas. Pero las personas adultas contamos con otros recursos (ensayos sobre psicología, manuales, cursos, asesoramiento…) mientras que para los más pequeños, el relato es a menudo su único medio, el único para el que están preparados.

  • Ponte en el lugar de tus hijos

Tú eres una persona adulta que ya ha superado muchos retos y situaciones complicadas. Conoces el medio en que te desenvuelves, sabes qué esperar en muchas situaciones. Tu cerebro, además, está plenamente desarrollado y es capaz de llevar a cabo abstracciones, comprender normas complejas, entender que un presente inquietante o desolador no tiene por qué ser eterno, y que los días tristes pasan para dejar paso a otros más alegres.

Tu hijo no lo sabe. Todo es nuevo, y cada día se enfrenta a decenas de escenarios complejos. Desde abrir un grifo a subir una cremallera (y más adelante resolver divisiones o comportarse adecuadamente en la mesa) cada pequeña tarea requiere aprendizaje y concentración, y la mayoría de las veces necesita muchos ensayos hasta que consigue hacerlo bien, de modo que vive en un entorno de permanente frustración e inseguridad. Tiene la acertada percepción de que dispone de muy poco control sobre el mundo que le rodea, que sin sus padres u otros adultos alrededor está perdido, que necesita ayuda para todo.
La percepción del tiempo también es muy distinta. Recuerdo perfectamente como yo, con 8 años, tenía la absoluta seguridad de que las canciones de José Luis Perales duraban media hora, y mi asombro el día en que tuve en mis manos uno de sus discos en una tienda y comprobé que no pasaban de los 4 minutos… exactamente igual que las de Elvis. Pero aquellos escasos minutos de intenso aburrimiento se me hacían eternos (ya os imaginaréis que el señor Perales no me contaba entre sus fans).
Cuando le pedimos a una niña pequeña que atraviese una situación molesta o aburrida, le estamos pidiendo un cheque en blanco. Para ella, el presente es todo. No es capaz de imaginar, como nosotros, que este malestar es llevadero y que en una o dos horas lo habrá superado con éxito. A medida que crece, poco a poco va asimilando los elementos intelectuales asociados, pero le sigue faltando la confianza en sí misma que solo da experimentar unos cuantos éxitos en estos embrollos.

Los niños y las niñas pequeñas se enfrentan cada día a incertidumbres y frustraciones a raudales, y son capaces de no abatirse permanentemente. También a momentos de increíble euforia y éxito , y consiguen no dormirse en los laureles y seguir abriéndose paso. Vamos, que les toca bregar con una versión de la vida cargada de estrés, muy parecida a una constante montaña rusa.

Y consiguen arreglárselas bastante bien gracias a una enorme voluntad de supervivencia, al afecto de su familia (en la que sienten que pueden confiar) y también gracias a todas las historias que les transmiten, de forma comprensible para ellos, que uno no siempre puede fiarse de las casitas de chocolate, pero que los problemas se superan.

Para entender a tus hijos y saber qué necesitan, haz este ejercicio de vez en cuando: olvida tus expectativas sobre ellos y trata de averiguar qué sienten, qué piensan, cómo es el mundo para ellos partiendo de cero. Es el primer paso de toda buena comunicadora: colócate en el lugar de tu audiencia.

  • Escoge relatos que tengan que ver con sus conflictos

Para ti, salvo que padezcas alguna enfermedad grave, contener tus esfínteres es trivial. Perderte en un supermercado solo es una molestia pasajera, hasta que consigues encontrar el maldito pasillo de las galletas y te reorientas. Una breve discusión con tu madre es solo parte de ese simpático ritual de tira y afloja de tus relaciones familiares, que sabes que se saldará en la comida del domingo en cuanto aparezcas con un litro de helado de su sabor favorito.

Tu hijo de 2 años no sabe usar bien el orinal, y a los 3 aún se le escapa el pis por las noches. A veces, le tocará escuchar que es un cochino (esperemos que no, pero siempre hay un bocazas cerca cuando menos se necesita) y que ya es mayor para el pañal. Soltarse de la mano de papá en el supermercado es aterrador, no sabe a dónde ir ni qué hacer. Una discusión con mamá duele tanto como una ruptura definitiva.

Puedes interesar a un niño, desde muy pequeño, en el medio ambiente, los problemas sociales y la poesía. Pero, siendo realistas, eso solo va a constituir una parte muy pequeña de sus intereses. Lo que realmente necesita son historias que hablen de sus propios conflictos esenciales: el miedo al abandono, los enfados, hacerse pis por las noches, atarse los zapatos. Para ti serán tonterías pero, oye, desde la perspectiva de tu hija de 3 años, tu obsesión con entrar en una talla 38, que no te salgan arrugas o comprarte un coche que corra más es una chorrada como la copa de un pino. Y, si lo piensas un poco, igual hasta descubres que tiene razón.

Ahora, intenta analizar los cuentos infantiles que conoces en términos de “conflictos de tu audiencia“. Hansel y Gretel no es el relato de unos padres egoístas y despreocupados y una bruja horrible: es la historia de unos hermanos que, a pesar de que los adultos de su entorno son irresponsables o malvados, consiguen superar una situación de abandono y regresar a casa sanos y salvos.
En “El gallo Kiriko”, el conflicto es más sencillo todavía: un gallo pide algo y le dicen que no, sucesivas veces. Se parece bastante a la realidad cotidiana de una persona de 2 años.

Mira bajo ese prisma los cuentos que le gustan a tus hijos, y entenderás mejor qué les preocupa.

  • Olvida los algodones

La vida da miedo. Cuando eres pequeño, da más miedo aún, porque comprendes mucho menos. Los cuentos pueden ayudar a superar el miedo, transmiten confianza en el futuro y nos hacen sentir que conocemos estrategias para enfrentarnos a los peligros.

Por eso, en los relatos tradicionales abundan los lobos, ogros, brujas y villanos. Representan un reto que hay que superar, le dan forma a infinidad de temores que nos asaltan, y son derrotados.
Si, con la ingenua intención de ahorrarle disgustos a tus hijos, te limitas a cuentos estilo “La botita feliz”, “El cumpleaños en que todos los niños recibieron regalos” o “Los deberes que se hacían solos”, estás cometiendo dos errores.

El primero es privar a tus hijos de la oportunidad de experimentar el conflicto y el miedo que producen los antagonistas. Esa experiencia en tercera persona nos prepara para asimilar mejor la situación cuando algo nos suceda a nosotros que nos haga sentir así. Una niña que ha escuchado varias veces Hansel y Gretel se perderá en el supermercado, pero tal vez se asuste un poco menos cuando piense en los dos hermanitos que se las arreglaron solos de manera bastante efectiva, y su ansiedad será un poco menor mientras espera a que sus padres la encuentren.

El segundo error es que les estás privando de una experiencia literaria muy interesante. Caray, por muy mono que sea el cuento de “La botita feliz”, hasta un crío pequeño se aburre si nunca hay cuentos con un poco de marcha.

  • Pasa de las moralejas

Una historia que merezca la pena lleva sus enseñanzas implícitas, y a menudo más de una. Huye como alma que lleva el diablo de los cuentos con moraleja, que más bien suele ser moralina que además desvirtúa el sentido más profundo de la historia.

Terminar Caperucita Roja con “y la moraleja de este cuento es que no se debe hablar con desconocidos” es como reducir Romeo y Julieta a “la moraleja de esta obra es que no se debe ingerir veneno”. Un insulto a la inteligencia.

  • Ojito con las ilustraciones

“Es que a mi hijo le da miedo el lobo, por eso no le cuento Loa Tres Cerditos”. 

¿Tú estás seguro de que le da miedo el lobo? ¿Seguro que lo que le asusta no es EL DIBUJO DEL LOBO?

Caramba, que hay lobos en las ilustraciones que me dan miedo hasta a mí. Si hablamos de las películas, ni te cuento.

A ver si nos entendemos: Los Tres Cerditos es un cuento perfectamente adecuado para niñas y niños de 3 años o incluso más pequeños. Pero eso no quiere decir que este dibujo lo sea…

El Lobo Feroz

Míralo bien. Y olvida por un momento toda tu inmunización previa gracias a varias décadas de exposición a Tex Avery y similares. Es una boca llena de dientes afilados con un hacha en la mano, por favor. ¿Cómo quieres que esto no dé miedo? Huelga decir que he sido buena y no me he decantado por la ilustración más atroz que he podido encontrar, sino por esta tan clásica.

Cuando le cuentas un cuento de viva voz a un grupo de niños, cada uno imagina los personajes a su modo. E incluyen exactamente la cantidad de elementos inquietantes que  pueden manejar. Si han sido expuestos anteriormente a dibujos animados, series, ilustraciones, etc. probablemente incorporen algunos elementos a su imaginario mental y los empleen para construir sus recreaciones.

A veces, incluso sus propias imágenes mentales les harán sentir temor. Lo que debemos vigilar es que sea un temor al que puedan enfrentarse y superarlo. La mejor forma de saber si es el caso es comprobar si vuelven a pedir ese cuento. Si lo hacen, aunque les asuste, es porque necesitan esa historia, y están aprendiendo a confrontar el miedo.

Esto no es un alegato contra los libros. Los libros ilustrados son una buena idea para iniciar a los pequeños en la lectura, claro que sí. Mi bebé no tenía ni un año cuando le compré sus primeros libros con dibujos. Pero es fundamental asegurarnos de que esos dibujos les gustan a nuestros niños. Y es tan sencillo como preguntarles “¿te gustan estos dibujos?”. Si la respuesta es “no” o simplemente arruga el morro al pasar alguna página, se guarda el cuento en un cajón, por mucha ilusión que pusiera la tía Enriqueta en regalárselo. Ya lo sacaremos de ahí en unos meses.

  • No seas vago y usa el cerebro

Agarrar el primer libro que asoma de la estantería, cuando llevas 14 horas de dura jornada encima y estás loca por meter al niño en la cama es tentador. No lo hagas.

No leas como un autómata. A veces, el texto está redactado de forma que no significa mucho para un niño de la edad de tu hija. Otras veces, simplemente, el texto es un asco, pero las ilustraciones están bien… Pues no leas, hombre, improvisa la narración apoyándote en los dibujos.

Y, mejor aún, deja el libro de lado de vez en cuando y cuéntale la historia según sale de tu cabeza. Que hablamos de Los Tres Cerditos, no es Guerra y Paz, puedes con ello. Haz un esfuerzo y seguro que te acuerdas de cómo iba.

Así, le das la oportunidad a tu hijo de crear sus propias imágenes mentales que, como hemos dicho, están mejor ajustadas a lo que necesita que las que encontrarás en cualquier libro. Estimularás su concentración, su creatividad y su capacidad para imaginar.

Si no te ves en el papel de narradora o narrador… Pues es que no te has mirado bastante. No hace falta que seas perfecto; cuenta tu historia, diviértete, deja que te interrumpa para preguntar cosas, pregúntale a tu peque qué cree que va a pasar ahora o de qué color piensa que era el tejado de la casa del cerdito mayor.

Tienes delante de ti al mejor público del mundo, aprovecha la ocasión.

¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro?

Cuando los seres humanos de 5 años piden un cuento, no quieren que los personajes tengan matices psicológicos. Quieren buenos y malos, definidos con nitidez y sin ambigüedades. Quieren que a Mamá Cabra sea guapa, lista y bondadosa (como su propia mamá), que los cabritillos sean inocentes, como mucho algo traviesos… pero buenos al fin y al cabo. Para poder empatizar a gusto, identificarse plenamente y alegrarse con su triunfo. Sin complicaciones.

Igualmente, el Lobo tiene que ser malo. No un honesto depredador, necesario para mantener el equilibrio ecológico cabra-bosque, que solo satisface su justificada necesidad de conseguir alimento. No, es malvado y quiere comerse a los cabritillos por un hambre derivada de su pura maldad. Así, podremos alegrarnos cuando caiga al agua con la tripa llena de piedras y se ahogue, sin sentir el menor rastro de compasión.

Cualquier narradora conoce esta verdad universal: cuanto menor es la edad de tu audiencia, mayor es su incomodidad con los matices. La infancia es maniquea por naturaleza, y así debe ser. Ser pequeño es difícil, y por lo tanto en la infancia se simplifica la realidad con el objetivo de aprender a desenvolverse mejor en ella. Igual que las videoconsolas, la narrativa para los niños y las niñas más jóvenes solo tiene tres o cuatro botones que pulsar. Y bastan para componer historias de extraordinaria belleza.

A medida que cumplimos años, aprendemos a soportar, incluso apreciar, los matices en la creación de personajes. Scarlett O’Hara es ambiciosa, caprichosa y egocéntrica, pero también es valiente, inagotable y generosa, a su modo. Darth Vader, atrapado en el lado oscuro de la Fuerza, hizo su elección tras una serie de desdichas personales que le pusieron de un mal yogur bastante comprensible. Entre la Reina Alien y Ripley, deseamos que gane Ripley (Go, girl!) pero… en fin, el bicho hace lo que tiene que hacer por su especie, ¿no?

Sin embargo, esta indefinición introduce un elemento muy desagradable para la audiencia: la incertidumbre.

Los humanos detestamos la incertidumbre. Y, por el contrario, adoramos la certeza y los axiomas. En cuanto nos descuidamos, convertimos simples prejuicios basados en una pobre evidencia en verdades absolutas.

Los pisos siempre suben.

Los alemanes son eficientes pero aburridos.

Las mujeres son más cuidadosas y los hombres más manazas.

Repetir estos lugares comunes nos evita tener que considerar cada piso, alemán o mujer u hombre por separado, y es posible que incluso nos ahorre el quebradero de cabeza de decidir cómo actuar ante su existencia, o de qué forma valorar su comportamiento. Si el precio del piso baja “es temporal, ya subirá“. Si sube, “es lo normal, ya lo decía yo“. Así, hasta que llega la gran castaña, claro.
Pero en otros muchos casos no llegará nunca, y aunque perdamos oportunidades de hacer las cosas mejor, es posible que nunca lleguemos a ser conscientes de ello.

Gestionar la incertidumbre es importante para el éxito personal (eso que llamamos felicidad) y profesional (eso que llamamos felicidad, también). Pero es difícil, y empleamos una enorme cantidad de recursos para evitar hacerlo. 

Aunque nos veamos a nosotras mismas como personas adultas y maduras, no hemos superado totalmente esa época en la que protestábamos si no quedaba claro desde los primeros cinco minutos del cuento a quién amar y a quién odiar sin reservas. Entender esta resistencia a lo desconocido es fundamental para comprender cómo se compone el relato de la realidad que nos contamos a nosotros mismos.

( …Y el tema es tan amplio que va a dar lugar a unas cuantas entradas. Que llegarán cuando mi ajetreada agenda lo permita. La buena noticia es que cada vez lo permite un poco mejor.)