Dejando la vida aparte

Cuando pensamos en una persona productiva, es frecuente que le añadamos cualidades como la disciplina, la capacidad para renunciar a la satisfacción inmediata en favor del bienestar futuro o la resistencia a la frustración.

Es una asociación cierta. Hasta cierto punto.

Hoy voy a referirme a mi caso personal al hablar de este tema, ya que es bastante ilustrativo.

Yo no soy una persona disciplinada (ya hablaré otro día de esta y otras carencias, aliviadas en buena medida por un Sistema Efectivo de Gestión de Tareas) pero sí soy capaz de renunciar a ciertos placeres cotidianos para absorber un pico de trabajo.

Esto no sólo incluye dejar de cultivar facetas de mi vida personal que nada tienen que ver con el trabajo, como tocar el bajo, dibujar, refrescar mis escasos conocimientos de fotografía o reunirme con los amigos.

Si la lista de tareas aumenta y percibo que es necesario un empujón, puedo incluso postergar aquella parte del trabajo más agradable pero menos urgente. Por ejemplo:

  • Escribir un relato nuevo para las sesiones de cuentos sobre Igualdad de Género que llevaré a las escuelas infantiles de Rivas en abril. Crear material para trabajar este tema con niñas y niños de 1 y 2 años, y que además sea ameno y no aburra a las ovejas es tan complicado como divertido.
  • Terminar un artículo a dos manos con Javier G. Recuenco para su blog.
  • Diseñar un nuevo taller sobre productividad.
  • Preparar una presentación para explicar la metodología de trabajo psicomotriz que llevamos a cabo en la Escuela Infantil Reggio
  • Leer y releer libros y artículos pendientes.
  • Ó, sin ir más lejos, redactar artículos para este espacio y para el blog de Sensei Consultores.

Postergar todas esas ocupaciones agradables pero poco acuciantes en favor de la puesta a punto de la agenda, el archivo de papelamen diverso (¡puaj!), la gestión de mis asuntos fiscales y contables o la redacción de memorias es cierto que funciona. Asegura que completaré las tareas molestas sin dejarme atrapar por el caramelo de las presentaciones, la creatividad o la lectura.

Funciona durante un tiempo. Corto.

Porque si alargo demasiado el esfuerzo, la consecuencia es que mi productividad cae en picado. Mi cerebro se rebela contra la idea de estar siempre paleando grava sin una recompensa apetecible. Sí, las tareas urgentes se resuelven pero no hay diversión.

Y mi atención, como un alumno rebelde al que han castigado sin recreo para que complete los deberes de latín, se dispersa, enfadada, y no hace el trabajo. Tampoco se divierte, pero no trabaja.

¿La solución? Abandonar cuanto antes la zona de altas presiones y retornar al Unschedule. En otra ocasión le dedicaré más tiempo a explicar el concepto, pero se resume en programar en primer lugar los momentos de esparcimiento, tanto laborales como personales. Y recuperar la diversión para volver a ser productiva.

Porque “dejar la vida” aparte para sacar adelante un proyecto, solucionar un pico de trabajo o reparar una catástrofe sólo puede ser una medida puntual y de duración limitada. Pasarlo bien y ser feliz es la mejor forma de ser productiva.

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