Cuidado con Oscar Pulitzer

Las novelas clásicas, junto a los cuentos tradicionales o pseudo-populares (con formato y semántica parecida a la del relato tradicional pero de autoría moderna, como muchos de Andersen o Jorge Bucay) son la referencia típica cuando se piensa en historias “educativas”. De alguna manera, la mitología colectiva moderna que suponen las películas, series de televisión, canciones de rock o tiras cómicas se suele relegar a un segundo plano, algo que está bien para introducir un taller o una dinámica cuando se requiere un material ligerito que no requiera pensar mucho. En mi opinión, sin embargo, pueden tener un tremendo peso específico.

Yo llevo 20 años dándole vueltas a un episodio de Doctor en Alaska (Northern Exposure), y aún seguiré unos cuantos más. Si solo tuviera 50 minutos para ayudar a una persona a ser más feliz, es muy probable que la sentara delante de un monitor y apretara el botón de play, y yo me quedaría a su lado, porque no está de más refrescar los axiomas.

Doctor en Alaska nunca fue una producción que consiguiera audiencias masivas, sino más bien una serie de culto con un grupo de fans fieles y constantes que siguen compartiendo su imaginario común años después de que se cancelara. Esta lealtad es completamente merecida: en los momentos más flojos, DeA era una serie simpática. En los mejores, se puede afirmar que sus guionistas estaban en estado de gloria.

El episodio del que voy a hablar pertenece a la quinta temporada y segunda categoría. Para quienes no sepan de qué va la serie, voy a resumir brevemente los elementos clave. Todo DeA gira en torno a los personajes de un peculiar pueblo de Alaska, Cicely, que desde su fundación se ha caracterizado por ser un lugar donde se vive y se deja vivir. Como consecuencia, allí se reúnen los personajes más dispares: un médico neoyorkino que se ve arrastrado allí por sus deudas universitarias, un ex-astronauta millonario de ideología conservadora, una piloto de avionetas con mala suerte con los hombres, un ex-presidiario que descubrió la filosofía y la poesía en la cárcel y ahora es el perenne locutor de la radio local, un huérfano mestizo que ha sido criado por toda la comunidad india y que se encuentra dividido entre su vocación de cineasta adolescente y sus recién descubiertas dotes como chamán. Este último, Ed Chigliak, es, si no el protagonista de esta historia, sí el hilo conductor de la misma.

Ed Chigliak

El título del episodio (Grand Prix) hace referencia a la carrera de sillas de ruedas que se celebra en Cicely, a la que asisten deportistas profesionales de todos los Estados Unidos. Una de las corredoras, una mujer con un largo historial de medallas y entrenamientos extenuantes, decide acudir a Ed para que cure sus dolores de codo, ya que los tratamientos del médico no están siendo eficaces y ella está dispuesta a todo con tal de ganar la competición.

Ed, gracias a su contacto con el mundo espiritual, puede hablar de tú a tú con su propio demonio personal, Baja Autoestima. Este, que adopta la forma de un hombrecillo verde, se dedica a perseguir al apocado Ed en cada una de sus visitas con frases del tipo “esa cazadora te sienta fatal”, “seguro que no podrás hacerlo” o “no estás preparado”. Pero también le proporciona algunas indicaciones sobre el mundo de los espíritus, y en este caso explica a Ed que los problemas del codo de la atleta provienen de su propio demonio personal, Valoración Externa.
Ed, entonces, decide ir a combatir contra él, para así liberar a su paciente. Baja Autoestima, el hombrecillo verde, le avisa de que no lo conseguirá.

Green Man: Ed, you’re dealing with the demon of external validation. You can’t beat external validation. You want to know why? Because it feels sooo good.

(Hombre Verde: Ed, estás tratando con el demonio de la valoración externa. No puedes vencer la valoración externa. ¿Quieres saber por qué? Porque te hace sentir taaaan bien…)

Aún así, Ed decide intentarlo, y entonces podemos ver la maravillosa representación del mundo de los demonios personales a la que Baja Autoestima conduce al joven aprendiz de chamán: un parque de caravanas que alojan a los distintos demonios y en el que destaca la vivienda de Valoración Externa, cuyo nombre es… Oscar Pulitzer. Su caravana no solo está revestida de luces brillantes, sino que ostenta un deportivo aparcado en la puerta. Oscar le regala a Ed una camiseta del Hard Rock Café antes de aceptar combatir con él.

La lucha, que recuerda al pasaje bíblico de Jacob y el ángel, dura toda la noche. Efectivamente, Valoración Externa es demasiado fuerte para Ed, quien es derrotado.

Al día siguiente, visita a su paciente y se disculpa:

-“Intenté vencerle, pero es demasiado fuerte para mí. Tendrás que derrotarle tú”.

Para ello, la atleta tendrá que aprender a correr para ella misma, para ser mejor cada vez, no para recibir trofeos o la admiración de otros. Nada fácil.

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A todos nos gusta recibir el beneplácito, la admiración, las alabanzas y, sobre todo, la atención de quienes nos rodean. El problema es cuando te configuras a ti misma en función de lo que otros quieren ver. Es una trampa peligrosa, en la que tu propia identidad se disuelve y queda a expensas de la marea de la opinión ajena.

No solo tus objetivos, aspecto, puesta en escena y actividades se van a ver forzadas a adaptarse a lo que desea ver tu grupo de referencia. Es que además el miedo a desagradar o a pasar desapercibida terminará por infiltrarse y se convertirá en uno de los motores de tus acciones.

Por sí mismo, Oscar Pulitzer es peligroso, y fuerte. Lo es todavía más en un entorno proclive al escaparate como el de las redes sociales, donde ya tiene cazados a unos cuantos, y la tentación de photoshopearnos a nosotros mismos para “estar a nivel” puede no detenerse en la foto de perfil. 

Valoración Externa es también astuto. Merece la pena no confiarse, examinar nuestras acciones y reflexionar sobre el porqué de cada una,  para comprobar si nos ha abducido hacia su caravana de luces brillantes. No solo por la defensa de nuestra libertad personal y del control sobre nuestra propia vida sino porque, por si fuera poco, allí siempre encontraremos a Baja Autoestima esperándonos con un gin tonic en su verde mano.

Disclaimer: Como buena narradora oral, esto no es una transcripción fiel del episodio sino de mi recuerdo sobre él. Obviamente, todo lo anterior es lenguaje metafórico. No existen los demonios, es una forma de hablar. Para las lesiones de codo, acuda a una buena profesional de la traumatología (o de la psicología, si se diera el caso) y deje a los chamanes para las historias de ficción. Y sepa que no hay nada de malo en tomarse un gin tonic siempre que uno se lo beba porque le gusta, no porque sea fashion.
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