2013… ¿Annus horribilis?

Se termina un año y, junto a los buenos propósitos para el nuevo, se acumulan los mensajes de despedida para el 2013. A juzgar por los comentarios de mis amigas y amigos en las redes y la vida real, este ha sido un mal año para casi todo el mundo.

¿A quién puede extrañarle? La situación económica está presionando psicológica y físicamente a quienes tienen trabajo y a quienes no, a veces hasta extremos demenciales. En este año hay quien ha perdido su trabajo, quien ha visto de cerca las consecuencias que los recortes sociales están teniendo sobre su salud y la de sus familiares, quien tiene problemas para pagar la factura de la luz, quien ha sufrido amenazas en su puesto laboral sazonadas con el conocido “ya sabes que hace mucho frío fuera” y que solo pueden calificarse de mobbing, quien brega como puede para sacar su negocio adelante…

Todo eso repercute en la vida de pareja, la familia, el entorno. Todo es más gris, más frío, más triste. Concedido.

Lo sorprendente es que, si bien es cierto que hay casos personales que son de novela dickensiana, hay otros en los que no parece tan clara la relación entre la realidad y el horrible balance del año. ¿Tantos casos hay en los que solo han sucedido desgracias? ¿Nada del año pasado que merezca la pena haber vivido?

Aunque la respuesta sea “sí”, puede seguir pesando más lo malo que lo bueno. Y eso no significa que uno sea un pesimista fuera de lo común; más bien tiene que ver con que pertenecemos a una especie que es pesimista por naturaleza.

Y esto es así: en los seres humanos, los sucesos desagradables adquieren más peso en la memoria que los agradables de igual intensidad. Eso tal vez sea una desgracia para nuestra felicidad (que se apoya en buena medida en la percepción de nuestra propia existencia pasada y presente) pero es una gran ventaja adaptativa para nuestra supervivencia.

Durante muchos milenios la economía de subsistencia ha sido la única real para la mayor parte de las personas (aún hoy lo es, pero no es probable que siga siendo así para quienes leéis esto). Imaginad, por ejemplo, a una familia de granjeros que, tras diez meses de abundancia, pasa dos de terrible escasez, sin la seguridad de poder superar el invierno por haber calculado mal las reservas de comida que necesitaban o no haber prestado atención al ganado que debía ayudarles a sobrevivir en la época más dura.

Lo más probable es que pesen mucho menos la despreocupación y bienestar de los primeros 300 días que la incertidumbre y el sufrimiento de los 65 restantes. Ese año será catalogado en su memoria como “el de la hambruna”. No es un cálculo racional ni lógico en términos de tiempo de felicidad/tiempo de zozobra, pero rememorar el miedo y el dolor les ayudará a espabilar en la estación siguiente. Tal vez la preocupación de la escasez que está por venir les fastidie la alegría de la siguiente cosecha, pero sobrevivirán mejor que otras familias que no hayan recibido en su recuerdo un impacto emocional tan negativo ante la misma situación. El miedo y la ansiedad nos ayudan a preservar en la memoria el recuerdo de las ocasiones en que hemos experimentado sensación de peligro, ya sea físico o psicológico, real o imaginario. Y, por tanto, a prevenirlo y evitarlo.

La supervivencia premia a quienes se angustian y se preocupan, incluso por riesgos inexistentes. Tengo más probabilidades de seguir viva mañana si me preocupo por 5 auténticas amenazas y 10 riesgos fantasmas que si me preocupo solo de 2 peligros, por muy reales que sean. (Siempre que no supere un límite en mi ansiedad y mi pesimismo que puedan hacerme caer en la depresión, claro está.)

Una expresión de esta tendencia al pesimismo en el ser humano es la Teoría de las Perspectivas, que se puede resumir burdamente así: “te fastidia mucho más perder 100 euros de lo que te alegras si encuentras 100 euros”. Tenemos una enorme aversión a las pérdidas, lo que explica muchos fenómenos psicológicos

En resumen, estamos diseñados para la supervivencia, no para la felicidad. La felicidad no es un estado natural, hay que trabajarlo. Lo mejor de ser animales conscientes y con capacidad de raciocinio es que podemos hacerlo, sin comprometer nuestras posibilidades de supervivencia. 

¿Cómo?

En primer lugar, recordando que las desgracias existen. Vaya que si existen, y a veces tienen que ver con tu conducta y otras veces no. Si te ha ocurrido algo malo, no va a serte compensado por el universo en forma de un suceso positivo a la vuelta de la esquina. Al universo le importamos un rábano.

El karma tampoco existe, lamentablemente. Ser buenas personas no nos protege en sí de contraer cáncer o perder a nuestra pareja. Cuidar nuestra salud, ser amable y respetuoso con otras personas, querernos mucho, eso disminuye las probabilidades de tener desgracias importantes, pero tampoco nos blinda. Ser prudentes, valorar los riesgos, crear redes de apoyo mutuo, fortalecer nuestros puntos débiles y tener un plan B por si las cosas se tuercen, eso es lo que nos va a ayudar a superar los baches. No un hada madrina con una varita mágica y un “disculpe las molestias, acepte este cheque de buena fortuna“.

Pero, en segundo lugar, debemos recordar que nuestro instinto nos va a hacer centrarnos en exceso en lo peor,en lo que ha ido mal y nos ha asustado. Y no tenemos por qué obedecerlo. Podemos tener una visión más objetiva, recordar todo lo que podría haber salido mal en 2013 y sin embargo salió bien. Todas las enfermedades que no tuvimos. Todas las que tuvimos y sin embargo hemos podido tratar. Todas las discusiones y conflictos que no han llegado a tener lugar porque fuimos hábiles, todos aquellos que manejamos con torpeza, y que sin embargo se solucionaron bien.

Como humanos típicos, detestamos las medias tintas. Nos desagrada la tensión de pensar a la vez que hay cosas que merecen nuestra indignación, nuestra acción para cambiarlas, nuestro desagrado, y a la vez sentirnos personas afortunadas por lo bueno que hemos recibido. 

Pero aguantar esa tensión es necesario para sobrevivir, para tener una vida mejor, sin dejar de sentirnos sentirnos personas satisfechas y alegres con lo que conseguimos de la vida cada año.

Sí, también en 2013.

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Coaching Racional: ¿Qué es el coaching?

Como adelantábamos en la entrada inicial de esta serie, definir el término coaching presenta varios problemas:

  1. No tiene un significado unívoco, más allá de la traducción directa del término anglosajón procedente del mundo deportivo (coach = entrenador, coaching = entrenamiento) y que resulta muy poco precisa.
  2. La palabra coaching está de moda, suena a novedad y aporta, desde cierto punto de vista bastante snob, el valor añadido de lo foráneo (“esto se hace en el extranjero, tiene que ser bueno”). ¡Curará su calvicie, su cirrosis y además pagará su hipoteca!Ese atractivo hace que personas que han venido ofreciendo todo tipo de prácticas/terapias orientadas a la mejora personal y profesional se apunten a ese suculento carro, por el sencillo sistema de añadir la palabra “coaching” a su lista de servicios. En el mejor de los casos, te vas a encontrar mucha asesoría tradicional vendida como coaching. Porque en el peor te pueden estar colocando Flores de Bach, cristales energéticos o cualquier otro aceite de serpiente milagroso.
  3. No hay una entidad de referencia (asociación, organismo…) clara y universal que ponga límites a lo que se puede considerar coaching y lo que no. Aunque hay prestigiosos intentos, no se mojan mucho ni son muy conocidos por los clientes potenciales del coaching, que son al fin y al cabo los que tendrán que discriminar entre buena y mala praxis a la hora de buscar profesional.

Tanta mezcolanza tiene también el lamentable efecto secundario de apartar del coaching a aquellas personas más racionales y sensatas que, sin conocerlo, huyen como alma que lleva el diablo en cuanto perciben el tufo a pseudociencia. Y es una lástima porque, como veréis, la base del asunto es bastante razonable.

El Coaching es un proceso que involucra a dos agentes, coach y coachee (cliente). El o la coachee tiene un deseo que quiere realizar, y ahí empieza todo.

A veces es un deseo muy concreto (“quiero perder 15 kilos antes de septiembre”), otras veces es más ambiguo (“me gustaría  estar menos estresada”), y en otras ocasiones es confuso (“no estoy a gusto en el trabajo, no sé si pedir un ascenso o buscar otro empleo completamente distinto”). A veces, el deseo que expresa un cliente ni siquiera es un deseo realmente suyo. Puede decir “quiero dejar de fumar” cuando en realidad no es un deseo propio, sino de su pareja. De modo que su deseo real es “quiero que mi pareja esté contenta conmigo”, que tiene consecuencias muy diferentes, especialmente de cara a la motivación.

El primer paso (y probablemente el más importante) es que el coachee transforme ese deseo difuso en un objetivo concreto, que sea medible y evaluable. Además, tiene que ser consciente de las repercusiones que alcanzar ese objetivo puede tener sobre su vida, y no todas tienen por qué ser buenas. Si deja de fumar, por ejemplo, hará a su pareja más feliz, pero le resultará difícil mantener su escapadita de las doce junto con los demás fumetas de la empresa.¿Realmente quiere renunciar a eso?

El factor esencial de la relación entre coach y coachee es este: es el coachee quien decide. La coach no va a empujarle en una u otra dirección. Un asesor (un médico, un entrenador deportivo) le dirá “olvida la reunión de nicotinómanos, al dejar el tabaco estás previniendo el cáncer y el enfisema, el mal aliento y el envejecimiento cutáneo, no seas tonto”.

Una coach pondrá todo su interés en que el coachee DECIDA POR SÍ MISMO que es lo que quiere. Aunque la coach sea una furibunda antitabaco, sus propio sistema de valores se lo deja en casa; ella solo acompaña, no dirige el proceso.

(Por supuesto, esto tiene un límite. A veces, el objetivo de un coachee puede ser tan opuesto a los valores del coach que la única respuesta honesta por parte de este será negarse a participar en el proceso y sugerirle al cliente que busque a otro profesional.)

En coaching, la idea fundamental es que quien más sabe sobre ti eres tú, y por tanto es el coachee quien tiene las mejores respuestas (y quien sabrá mejor qué nadie qué debe hacer para seguir con éxito la dieta que el nutricionista le ha proporcionado, por ejemplo). Una coach ayuda, sobre todo, a formular las preguntas.

Porque esa es la herramienta fundamental, la conversación y el diálogo. Preguntar al coachee, escuchar, conseguir que el coachee se escuche a sí mismo, preguntar otra vez. Hasta que el coachee encuentre sus propias soluciones.

El paso siguiente es establecer un Plan de Acción concreto, y hacer un seguimiento de su puesta en marcha en sucesivas sesiones, así como los reajustes y modificaciones necesarios. Para que los legos se hagan una idea, los procesos de coaching que yo he llevado a cabo han tenido una duración media de entre 2 y 8 sesiones, pero 6 es lo más normal. La duración de una sesión es de algo menos de una hora (aunque en mi caso, si el cliente tiene tiempo, no me importa alargarla con un poco de conversación informal y una taza de té). La frecuencia de las primeras sesiones es semanal, después quincenal, las últimas pueden espaciarse un mes o más.

No hay magia. No hay energías telúricas en juego. Un universo conspirador que alinea sus astros para nuestra felicidad y demás pamplinas poesías no son necesarios en absoluto.

Será al analizar las herramientas concretas empleadas para facilitar el diálogo y la comunicación entre coach y coachee (y el diálogo interior del coachee, igualmente importante) cuando veremos lo fácil que es dejarse llevar por atractivas técnicas que, si bien no han demostrado su eficacia, sí han dejado claro su poder expansivo, porque las encontramos hasta en la sopa. Ahí empezaremos a separar el agua del aceite… de serpiente.

Coaching racional (Introducción)

Esta es la primera entrega de una serie nada fácil de escribir, por varias razones que explicaré un poco más adelante. Adelanto que voy a manifestar una serie de opiniones que pueden molestar o incluso (espero de todo corazón que no sea así) ofender a amistades y colegas. Personas que sé que ejercen su profesión esforzándose sinceramente en ayudar a sus clientes y apoyándose en planteamientos en los que creen de corazón, algunos de los cuales comparto… pero no todos.

Voy a hablar de Coaching.

Concretamente, voy a hablar de Coaching Racional, denominación que debería poder aplicarse a toda oferta profesional del ramo, del mismo modo que siempre debiéramos recibir Formación Racional, Medicina Racional o Psicología Racional. La realidad, sin embargo, es otra.

Me dispongo a realizar una autocrítica de una disciplina que yo misma ejerzo y, por si fuera poca osadía, desde hace dos años escasos. Tras 20 años dedicada a la formación/educación, por un lado, y a la narración oral escénica por otro, me formé como coach y empecé a compatibilizar esta actividad con las otras dos. Tengo que decir que mi formación en Coaching me resultó extraordinariamente útil a nivel personal y profesional. De todo lo que me enseñaron, me convenció una parte y la integré a mi propio discurso y práctica, y con otra parte hice lo contrario . Exactamente igual que en la universidad. El balance, en resumen, es positivo y estoy contenta con mi elección.

Los clientes-coachees que han utilizado mis servicios también han completado sus procesos con bastante éxito y se han mostrado satisfechos, aunque lo cierto es que mis nuevas habilidades y conocimientos han encontrado aplicación especialmente en la formación.

Alerta magufo

Están por todas partes…
(Imagen de http://www.avefenix.es/alerta-magufos/)

El problema es que, cuando echo un vistazo a mi alrededor, veo que mucho de lo que se engloba bajo el paraguas de “Coaching” no resiste un análisis racional. Y bajo ese paraguas se puede colar lo que a cada uno le dé la gana, porque es una disciplina nueva y sin referentes académicos. Las asociaciones profesionales están intentando introducir un poco de orden en esta merienda de duendes, pero me temo que sus esfuerzos no son suficientes; en parte por su incapacidad legal para obligar a nadie que se denomine coach a pasar por un proceso de homologación (el proceso existe, pero es voluntario) y en parte porque sus objetivos inmediatos parecen ir en la línea de regularizar el sector más que en la de exigir de sus miembros una aproximación más científica. (No pertenezco a ninguna asociación ni he hablado de este tema con ningún miembro de su junta directiva, esto es solo una impresión personal y estaré encantada de que me demuestren mi error).

En defensa del Coaching, hay que observar que una profesión tan respetada como la Medicina tiene problemas parecidos. La Homeopatía es practicada no solo por advenedizos, sino sobre todo por personal con titulación universitaria, y los colegios de médicos no solo NO se oponen a esa práctica por acientífica sino que reclaman que sean únicamente personas licenciadas en Medicina quienes la practiquen. En la farmacia de mi barrio (uno de esos negocios que solo puede abrir un profesional titulado), la farmacéutica se obstina en ofrecerme homeopatía como alternativa a cada medicamento que le pido, incluso después de que el Ministerio de Sanidad publicara que la Homeopatía no tiene más efecto que el placebo. En todas partes cuecen habas.

La diferencia es que, mientras que entre las y los profesionales sanitarios hay voces que denuncian esta mala praxis y abogan por una racionalización de la atención sanitaria, no he escuchado jamás una crítica pública al Coaching Irracional que proceda de un/a coach.  Espero que se deba a mi propia falta de habilidad a la hora de seleccionar lecturas pero también es cierto que relacionadas con el término coaching encuentro muchas más referencias a energías místicas y buenrollismo New Age que a organización, esfuerzo personal y responsabilidad hacia las propias metas. Afortunadamente, las páginas más destacadas suelen ofrecer una propuesta mucho más seria y cercana a lo que yo entiendo que debe ser el Coaching Racional, pero sigue faltando espíritu crítico.

Como persona con formación técnica y científica, enemiga de la charlatanería y admiradora de quienes se enfrentan a ella, cada vez sufro más cuando alguien me pregunta a qué me dedico. Soy cada vez más consciente de que la palabra “coaching” desata toda una serie de referencias magufas en la mente de mi interlocutor con las que no quiero verme asociada, ni personal ni profesionalmente.

Pero es que, además, esta desgraciada asociación genera tanto recelo que muchas personas nunca llegan a conocer los aspectos más positivos del coaching, ni por qué recurrir a los servicios de un coach puede ser un excelente apoyo profesional o personal.

Lo más sencillo sería cambiar la denominación de mi actividad pero…

… qué diablos. No voy a rendirme sin presentar batalla. Así que voy a dedicar unas cuantas entradas de este blog a explicar por qué el coaching puede ser una metodología racional y tan fundamentada en principios realistas, sensatos y/o científicos como se quiera, así como a desligarlo de otras filosofías, terapias, etc. carentes de base. Que la Fuerza me acompañe.