Historias para los más pequeños

Como son ya varios los padres y madres que comparten conmigo sus dudas acerca de cuáles son los cuentos más adecuados para cada edad, cómo elegirlos y cómo contarlos, aprovecho la ocasión y me explayo un poco sobre el tema con unas cuantas recomendaciones.

  • Honra la importancia de los cuentos

Los cuentos no solo son necesarios, sino que resultan imprescindibles. Todas las personas nos relacionamos con el mundo en buena medida a través del relato, que nos ayuda a darle sentido a lo que sucede a nuestro alrededor y que nos proporciona modelos, estrategias e ideas nuevas. Pero las personas adultas contamos con otros recursos (ensayos sobre psicología, manuales, cursos, asesoramiento…) mientras que para los más pequeños, el relato es a menudo su único medio, el único para el que están preparados.

  • Ponte en el lugar de tus hijos

Tú eres una persona adulta que ya ha superado muchos retos y situaciones complicadas. Conoces el medio en que te desenvuelves, sabes qué esperar en muchas situaciones. Tu cerebro, además, está plenamente desarrollado y es capaz de llevar a cabo abstracciones, comprender normas complejas, entender que un presente inquietante o desolador no tiene por qué ser eterno, y que los días tristes pasan para dejar paso a otros más alegres.

Tu hijo no lo sabe. Todo es nuevo, y cada día se enfrenta a decenas de escenarios complejos. Desde abrir un grifo a subir una cremallera (y más adelante resolver divisiones o comportarse adecuadamente en la mesa) cada pequeña tarea requiere aprendizaje y concentración, y la mayoría de las veces necesita muchos ensayos hasta que consigue hacerlo bien, de modo que vive en un entorno de permanente frustración e inseguridad. Tiene la acertada percepción de que dispone de muy poco control sobre el mundo que le rodea, que sin sus padres u otros adultos alrededor está perdido, que necesita ayuda para todo.
La percepción del tiempo también es muy distinta. Recuerdo perfectamente como yo, con 8 años, tenía la absoluta seguridad de que las canciones de José Luis Perales duraban media hora, y mi asombro el día en que tuve en mis manos uno de sus discos en una tienda y comprobé que no pasaban de los 4 minutos… exactamente igual que las de Elvis. Pero aquellos escasos minutos de intenso aburrimiento se me hacían eternos (ya os imaginaréis que el señor Perales no me contaba entre sus fans).
Cuando le pedimos a una niña pequeña que atraviese una situación molesta o aburrida, le estamos pidiendo un cheque en blanco. Para ella, el presente es todo. No es capaz de imaginar, como nosotros, que este malestar es llevadero y que en una o dos horas lo habrá superado con éxito. A medida que crece, poco a poco va asimilando los elementos intelectuales asociados, pero le sigue faltando la confianza en sí misma que solo da experimentar unos cuantos éxitos en estos embrollos.

Los niños y las niñas pequeñas se enfrentan cada día a incertidumbres y frustraciones a raudales, y son capaces de no abatirse permanentemente. También a momentos de increíble euforia y éxito , y consiguen no dormirse en los laureles y seguir abriéndose paso. Vamos, que les toca bregar con una versión de la vida cargada de estrés, muy parecida a una constante montaña rusa.

Y consiguen arreglárselas bastante bien gracias a una enorme voluntad de supervivencia, al afecto de su familia (en la que sienten que pueden confiar) y también gracias a todas las historias que les transmiten, de forma comprensible para ellos, que uno no siempre puede fiarse de las casitas de chocolate, pero que los problemas se superan.

Para entender a tus hijos y saber qué necesitan, haz este ejercicio de vez en cuando: olvida tus expectativas sobre ellos y trata de averiguar qué sienten, qué piensan, cómo es el mundo para ellos partiendo de cero. Es el primer paso de toda buena comunicadora: colócate en el lugar de tu audiencia.

  • Escoge relatos que tengan que ver con sus conflictos

Para ti, salvo que padezcas alguna enfermedad grave, contener tus esfínteres es trivial. Perderte en un supermercado solo es una molestia pasajera, hasta que consigues encontrar el maldito pasillo de las galletas y te reorientas. Una breve discusión con tu madre es solo parte de ese simpático ritual de tira y afloja de tus relaciones familiares, que sabes que se saldará en la comida del domingo en cuanto aparezcas con un litro de helado de su sabor favorito.

Tu hijo de 2 años no sabe usar bien el orinal, y a los 3 aún se le escapa el pis por las noches. A veces, le tocará escuchar que es un cochino (esperemos que no, pero siempre hay un bocazas cerca cuando menos se necesita) y que ya es mayor para el pañal. Soltarse de la mano de papá en el supermercado es aterrador, no sabe a dónde ir ni qué hacer. Una discusión con mamá duele tanto como una ruptura definitiva.

Puedes interesar a un niño, desde muy pequeño, en el medio ambiente, los problemas sociales y la poesía. Pero, siendo realistas, eso solo va a constituir una parte muy pequeña de sus intereses. Lo que realmente necesita son historias que hablen de sus propios conflictos esenciales: el miedo al abandono, los enfados, hacerse pis por las noches, atarse los zapatos. Para ti serán tonterías pero, oye, desde la perspectiva de tu hija de 3 años, tu obsesión con entrar en una talla 38, que no te salgan arrugas o comprarte un coche que corra más es una chorrada como la copa de un pino. Y, si lo piensas un poco, igual hasta descubres que tiene razón.

Ahora, intenta analizar los cuentos infantiles que conoces en términos de “conflictos de tu audiencia“. Hansel y Gretel no es el relato de unos padres egoístas y despreocupados y una bruja horrible: es la historia de unos hermanos que, a pesar de que los adultos de su entorno son irresponsables o malvados, consiguen superar una situación de abandono y regresar a casa sanos y salvos.
En “El gallo Kiriko”, el conflicto es más sencillo todavía: un gallo pide algo y le dicen que no, sucesivas veces. Se parece bastante a la realidad cotidiana de una persona de 2 años.

Mira bajo ese prisma los cuentos que le gustan a tus hijos, y entenderás mejor qué les preocupa.

  • Olvida los algodones

La vida da miedo. Cuando eres pequeño, da más miedo aún, porque comprendes mucho menos. Los cuentos pueden ayudar a superar el miedo, transmiten confianza en el futuro y nos hacen sentir que conocemos estrategias para enfrentarnos a los peligros.

Por eso, en los relatos tradicionales abundan los lobos, ogros, brujas y villanos. Representan un reto que hay que superar, le dan forma a infinidad de temores que nos asaltan, y son derrotados.
Si, con la ingenua intención de ahorrarle disgustos a tus hijos, te limitas a cuentos estilo “La botita feliz”, “El cumpleaños en que todos los niños recibieron regalos” o “Los deberes que se hacían solos”, estás cometiendo dos errores.

El primero es privar a tus hijos de la oportunidad de experimentar el conflicto y el miedo que producen los antagonistas. Esa experiencia en tercera persona nos prepara para asimilar mejor la situación cuando algo nos suceda a nosotros que nos haga sentir así. Una niña que ha escuchado varias veces Hansel y Gretel se perderá en el supermercado, pero tal vez se asuste un poco menos cuando piense en los dos hermanitos que se las arreglaron solos de manera bastante efectiva, y su ansiedad será un poco menor mientras espera a que sus padres la encuentren.

El segundo error es que les estás privando de una experiencia literaria muy interesante. Caray, por muy mono que sea el cuento de “La botita feliz”, hasta un crío pequeño se aburre si nunca hay cuentos con un poco de marcha.

  • Pasa de las moralejas

Una historia que merezca la pena lleva sus enseñanzas implícitas, y a menudo más de una. Huye como alma que lleva el diablo de los cuentos con moraleja, que más bien suele ser moralina que además desvirtúa el sentido más profundo de la historia.

Terminar Caperucita Roja con “y la moraleja de este cuento es que no se debe hablar con desconocidos” es como reducir Romeo y Julieta a “la moraleja de esta obra es que no se debe ingerir veneno”. Un insulto a la inteligencia.

  • Ojito con las ilustraciones

“Es que a mi hijo le da miedo el lobo, por eso no le cuento Loa Tres Cerditos”. 

¿Tú estás seguro de que le da miedo el lobo? ¿Seguro que lo que le asusta no es EL DIBUJO DEL LOBO?

Caramba, que hay lobos en las ilustraciones que me dan miedo hasta a mí. Si hablamos de las películas, ni te cuento.

A ver si nos entendemos: Los Tres Cerditos es un cuento perfectamente adecuado para niñas y niños de 3 años o incluso más pequeños. Pero eso no quiere decir que este dibujo lo sea…

El Lobo Feroz

Míralo bien. Y olvida por un momento toda tu inmunización previa gracias a varias décadas de exposición a Tex Avery y similares. Es una boca llena de dientes afilados con un hacha en la mano, por favor. ¿Cómo quieres que esto no dé miedo? Huelga decir que he sido buena y no me he decantado por la ilustración más atroz que he podido encontrar, sino por esta tan clásica.

Cuando le cuentas un cuento de viva voz a un grupo de niños, cada uno imagina los personajes a su modo. E incluyen exactamente la cantidad de elementos inquietantes que  pueden manejar. Si han sido expuestos anteriormente a dibujos animados, series, ilustraciones, etc. probablemente incorporen algunos elementos a su imaginario mental y los empleen para construir sus recreaciones.

A veces, incluso sus propias imágenes mentales les harán sentir temor. Lo que debemos vigilar es que sea un temor al que puedan enfrentarse y superarlo. La mejor forma de saber si es el caso es comprobar si vuelven a pedir ese cuento. Si lo hacen, aunque les asuste, es porque necesitan esa historia, y están aprendiendo a confrontar el miedo.

Esto no es un alegato contra los libros. Los libros ilustrados son una buena idea para iniciar a los pequeños en la lectura, claro que sí. Mi bebé no tenía ni un año cuando le compré sus primeros libros con dibujos. Pero es fundamental asegurarnos de que esos dibujos les gustan a nuestros niños. Y es tan sencillo como preguntarles “¿te gustan estos dibujos?”. Si la respuesta es “no” o simplemente arruga el morro al pasar alguna página, se guarda el cuento en un cajón, por mucha ilusión que pusiera la tía Enriqueta en regalárselo. Ya lo sacaremos de ahí en unos meses.

  • No seas vago y usa el cerebro

Agarrar el primer libro que asoma de la estantería, cuando llevas 14 horas de dura jornada encima y estás loca por meter al niño en la cama es tentador. No lo hagas.

No leas como un autómata. A veces, el texto está redactado de forma que no significa mucho para un niño de la edad de tu hija. Otras veces, simplemente, el texto es un asco, pero las ilustraciones están bien… Pues no leas, hombre, improvisa la narración apoyándote en los dibujos.

Y, mejor aún, deja el libro de lado de vez en cuando y cuéntale la historia según sale de tu cabeza. Que hablamos de Los Tres Cerditos, no es Guerra y Paz, puedes con ello. Haz un esfuerzo y seguro que te acuerdas de cómo iba.

Así, le das la oportunidad a tu hijo de crear sus propias imágenes mentales que, como hemos dicho, están mejor ajustadas a lo que necesita que las que encontrarás en cualquier libro. Estimularás su concentración, su creatividad y su capacidad para imaginar.

Si no te ves en el papel de narradora o narrador… Pues es que no te has mirado bastante. No hace falta que seas perfecto; cuenta tu historia, diviértete, deja que te interrumpa para preguntar cosas, pregúntale a tu peque qué cree que va a pasar ahora o de qué color piensa que era el tejado de la casa del cerdito mayor.

Tienes delante de ti al mejor público del mundo, aprovecha la ocasión.