¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro?

Cuando los seres humanos de 5 años piden un cuento, no quieren que los personajes tengan matices psicológicos. Quieren buenos y malos, definidos con nitidez y sin ambigüedades. Quieren que a Mamá Cabra sea guapa, lista y bondadosa (como su propia mamá), que los cabritillos sean inocentes, como mucho algo traviesos… pero buenos al fin y al cabo. Para poder empatizar a gusto, identificarse plenamente y alegrarse con su triunfo. Sin complicaciones.

Igualmente, el Lobo tiene que ser malo. No un honesto depredador, necesario para mantener el equilibrio ecológico cabra-bosque, que solo satisface su justificada necesidad de conseguir alimento. No, es malvado y quiere comerse a los cabritillos por un hambre derivada de su pura maldad. Así, podremos alegrarnos cuando caiga al agua con la tripa llena de piedras y se ahogue, sin sentir el menor rastro de compasión.

Cualquier narradora conoce esta verdad universal: cuanto menor es la edad de tu audiencia, mayor es su incomodidad con los matices. La infancia es maniquea por naturaleza, y así debe ser. Ser pequeño es difícil, y por lo tanto en la infancia se simplifica la realidad con el objetivo de aprender a desenvolverse mejor en ella. Igual que las videoconsolas, la narrativa para los niños y las niñas más jóvenes solo tiene tres o cuatro botones que pulsar. Y bastan para componer historias de extraordinaria belleza.

A medida que cumplimos años, aprendemos a soportar, incluso apreciar, los matices en la creación de personajes. Scarlett O’Hara es ambiciosa, caprichosa y egocéntrica, pero también es valiente, inagotable y generosa, a su modo. Darth Vader, atrapado en el lado oscuro de la Fuerza, hizo su elección tras una serie de desdichas personales que le pusieron de un mal yogur bastante comprensible. Entre la Reina Alien y Ripley, deseamos que gane Ripley (Go, girl!) pero… en fin, el bicho hace lo que tiene que hacer por su especie, ¿no?

Sin embargo, esta indefinición introduce un elemento muy desagradable para la audiencia: la incertidumbre.

Los humanos detestamos la incertidumbre. Y, por el contrario, adoramos la certeza y los axiomas. En cuanto nos descuidamos, convertimos simples prejuicios basados en una pobre evidencia en verdades absolutas.

Los pisos siempre suben.

Los alemanes son eficientes pero aburridos.

Las mujeres son más cuidadosas y los hombres más manazas.

Repetir estos lugares comunes nos evita tener que considerar cada piso, alemán o mujer u hombre por separado, y es posible que incluso nos ahorre el quebradero de cabeza de decidir cómo actuar ante su existencia, o de qué forma valorar su comportamiento. Si el precio del piso baja “es temporal, ya subirá“. Si sube, “es lo normal, ya lo decía yo“. Así, hasta que llega la gran castaña, claro.
Pero en otros muchos casos no llegará nunca, y aunque perdamos oportunidades de hacer las cosas mejor, es posible que nunca lleguemos a ser conscientes de ello.

Gestionar la incertidumbre es importante para el éxito personal (eso que llamamos felicidad) y profesional (eso que llamamos felicidad, también). Pero es difícil, y empleamos una enorme cantidad de recursos para evitar hacerlo. 

Aunque nos veamos a nosotras mismas como personas adultas y maduras, no hemos superado totalmente esa época en la que protestábamos si no quedaba claro desde los primeros cinco minutos del cuento a quién amar y a quién odiar sin reservas. Entender esta resistencia a lo desconocido es fundamental para comprender cómo se compone el relato de la realidad que nos contamos a nosotros mismos.

( …Y el tema es tan amplio que va a dar lugar a unas cuantas entradas. Que llegarán cuando mi ajetreada agenda lo permita. La buena noticia es que cada vez lo permite un poco mejor.)